jueves, 4 de enero de 2007

Contraste lejano

El más grande distrito bonaerense, en palabras.
Crónica de un recorrido por La Matanza, en el afán por crear el perfil de un terreno poco conocido, como suelen ser los partidos del Gran Buenos Aires.

En cualquier círculo humano –de la facultad, compañeros de trabajo, etc.- siempre hay alguien que pertenece a La Matanza. No es casualidad; allí habitan –las estadísticas son contradictorias- entre 1.255.000 y para otros, 1.750.00 personas.

Ahora entremos en la complejidad de ese mundo: El Mercado Central y la capital nacional del Zapato, en Lomas del Mirador, donde se fabrica el 60% de la industria del calzado de nuestro país. Pero existe una variedad de matices que por momentos se torna incomprensible: un mundo que va desde las grandes casonas de Ramos Mejía por un lado, al barro en las calles del Barrio Oro Verde por otro; del colegio Don Bosco, con autos de marcas irreales a una plaza pelada de juegos en Ciudad Evita; los neurálgicos puntos de La Ferrere y San Justo y la ruta cortando la pampa pura.


Y el salto a Lomas del Mirador, donde fábricas de zapatos y hormas conviven con las de galletitas.

Cristina y el “matanzazo”

Desde afuera llegan los compases de una cumbia pegadiza y Cristina nos cuenta que llegó hace 50 años a La Matanza. Cuando habla, se hace imposible no pensar en el Matanzazo: esa palmaria expresión de necesidad, a mediados del año 2000 cuando trabajadores cortaron en Isidro Casanova la Ruta 3, que une Buenos Aires con Tierra del Fuego. Allí cinco mil personas en asamblea mantuvieron el corte durante varios días hasta que obtuvieron una respuesta del gobierno provincial y nacional. Aunque luego no se cumplió, fue un claro ejemplo de lucha e integración de organizaciones territoriales y los gremios. Entonces estuvo la CTA, la Federación de Tierra y Vivienda y la Corriente Clasista y Combativa.


En la ruta.

Y tanta pampa que marea. Ya en la estación Ramos Mejía, el sol quiere bajar y la furia matancera no lo deja. La veintena de líneas de colectivos que van y vienen a Capital Federal no tiene espacio para un pasajero más, pero se dan maña para transportar a esa masa laburante donde cada uno junta años de viajes al Centro.

Barrios, villas, pampa, fábricas. Rostros de provincia, rostros marcados por privaciones. Niños y millones de perros cimarrones – o que lo parecen. Ahora el Centro Integrador Comunitario de Villa Madero con Norma Aramayo, 36 años, casada, con siete hijos, quien se emociona al evocar cuando ya hace ya 20 años tomaron la tierra. Norma relata: “Empezamos siendo diez familias. Después amanecían las casitas de otras diez familias y venían de muchos lugares. A medida que se iba corriendo la voz de la toma y venían. Se formaban los lotes, no se dejaban pasillos, se diagramaban las calles pensando en el hábitat, para no volver a la villa. Así nos fuimos consolidando, nos organizamos”.

La Escuela 38.
Es una de las víctimas de la antigua Ley de Educación: una técnica. Los chicos, coleccionando objetos del neoliberalismo individualista: celulares y reproductores de MP3. En el recreo se arman pachangas que duran hasta que toca el timbre. Los pibes tienen entre 16 y 18 años; cuentan que la escuela técnica les consume mucho tiempo, que algunos escuchan cumbia y otros, rock nacional. Y todos, que van a seguir viviendo en La Matanza. Son matanceros de alma.

Próximo destino: la Universidad de La Matanza

En San Justo, corazón del partido, la UNLaM. Allí impiden sacar fotos y hablar con los estudiantes. “Hay mucho activismo político acá”. Frente a la negativa tan insólita, queda recorrer los extensos pabellones de uno de los centros facultativos más importantes del oeste. Los estudiantes llegan como un río tibio, y los pequeños salones –todos tan limpios que da miedo- se llenan lentamente. No hay carteles de agrupaciones políticas ni actividades estudiantiles. Pero una integrante del equipo de prensa nos informa que la Facultad se fundó hace 17 años, que cuenta con 26.000 alumnos que vienen de diversos puntos del país.

Centro cívico y final de nota

Otro lugar. Otro espacio. El edificio municipal. Luego, andando, pampa, fábricas, universidad, un territorio insobornable al ojo humano. Más se adentra, más se comprende estar ante un límite. Estamos hablando de una población superior en número a las mayores capitales del interior del país. Un espacio nacido a fuerza del empuje de los desheredados, de los que llegan expulsados o siendo portadores del sueño de conquistar un espacio, una vida digna.


Bueno. ¿Recorrimos La Matanza? Un vistazo. De esa franja, de 323 km2, tan cerca pero tan lejana, y es como recuerdo un fuerte y cruel contraste, pero que lleva en las entrañas de sus ciudadanos la energía de un vendaval.


Publicado en el Periódico de la CTA, marzo 2007.

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