domingo, 10 de febrero de 2008

Las montañas pueden acercarse, cuando el día se deshace

El domingo a la tarde en San Roque, el sol tuvo que salir sólo para esconderse. Habían pasado dos días en los que la lluvia empañó intermitentemente –incluyendo la gran insistencia del sábado a la noche- el verde paisaje de febrero. El mismo que en la comuna cercana a la ciudad que nombra el festival federal por excelencia, se había llenado de carpas de todo tipo, color y forma. La última jornada del Cosquín Rock ya había hospedado a Los Umbanda, Viticus, Dancing Mood, Resistencia Suburbana, Los Pericos, Kapanga y León Gieco, entre otros. El clima reinante, más allá de lo meramente meteorológico, estaba tan distendido como las nubes que se esparcieron como mercurio en el cielo. No es que el paso de tantas tribus de diferentes orígenes como bandas tocaron haya alterado la esencia de genial convivencia que demuestra el Festival. Se trataba del último día de un fin de semana agitado y como moño, sus últimas horas debían ser al menos intensas.

Para las 11.20, la valla que parapeta a la multitud, era el tamiz de las emociones. Arriba del escenario los técnicos habían trabajado como una aceitada maquinaria de logística en el armado del set que acompaña la Gira Civilización. En cuestión de minutos, habían preparado el led, disposición de instrumentos y micrófonos para que cuando empezara el show el horizonte del escenario fuera otro. Mientras tanto, abajo, una infinita línea de piojosos, que habían llegado al predio desde media tarde, aguardaban con sus pies embarrados. Cuando se apagaron las luces y terminó el video que climatiza el inicio, la unísona exclamación del público trajo a la banda al escenario.

Los guitarristas y el cantante, portaron unas máscaras antigases y antiparras, además Andrés Ciro vestía una remera de El Tri, con la imagen de la Virgen de Guadalupe, que pareciera bendecir con su presencia el comienzo del espectáculo. Eligieron “Desde lejos no se ve” para comenzar el show. La banda abundaba en sonrisas inabarcables. La noche ya estaba completamente despejada, salvo por un puñado de nubes que se enredaban en las estrellas.

“Te diría”, fue la segunda canción y el calor del estadio se esparció con el viento cordobés. “Si dijéramos que nunca hubo tan bella una noche como esta, tuya y mía”, suspiraron varios, aliviados por la ausencia de lluvia y la presencia de temperatura agradable, con probabilidades de noche inolvidable.

Cuando terminó “Taxi boy”, Andrés Ciro exclamó: “¡Buenas noches Cosquín!” y se escucharon los primeros sonidos de “Civilización”. Le siguió “Labios de seda”, mientras el recital se daba dentro de la estructura del concepto de show que Los Piojos marcó con la Gira Civilización: un paredón de leds que divide cuerdas y voz de percusión y teclado y proyecta imágenes, colores y sensaciones durante las más de 2 horas que dura el espectáculo.

Entonces colgaron los botines… del micrófono. Llegó “Maradó”. El suelo de tierra, aunque hecho barro, vibró con la gambeta del pogo. Luego, el público otra vez y como siempre, se adueñó de la primer estrofa de “Tan solo”. Después de “Luz de Marfil”, “Y pensábamos iban a estar un poquito cansados”, dijo el cantante, frente a la inquieta masa humana. Micky tomó el micrófono, y con bajo en mano, cantó “Fijate” y “Un buen día”, esta última con sutiles, casi imperceptibles, pero geniales intervenciones de Tavo.

Es sabido que si el escenario está a oscuras y sólo se ve una luz roja, Andrés Ciro va a jugar con ella mientras canta “Fantasma”. Encapuchado, gesticula cada sensación de la letra. Una semilla teatral plantada arriba de los leds, regada por las luces del estadio. Y después, “Manjar”, mientras las imágenes distorsionadas que el led y las pantallas muestran de lo captado por las cámaras, siguen haciendo videoclips de cada canción. Unas gotas de “Debede”, de Sumo y a continuar. Un collage de videos de bandidos texanos decoró “Pistolas”, y la bandera Merlo Norte que no paraba de flamear ahí, bien adelante y bien en el medio. A mitad de la canción, un solo percusivo de la mano del Changuito. Y como el público era literalmente campo, dividió a los 22.000 presentes en chicas y chicos, asignándoles a cada uno un ritmo con el que él y su tambor jugaron hasta estallar en aplausos. Luego la sombra de Andrés Ciro bailando a lo setentas, con fondos de colores estridentes, se proyectaba en el led al mismo tiempo que el cantante hacía lo mismo, calzando una peluca afro. Se estaba nublando un poco, sólo un poco nomás.

Sin video e iluminado también por las estrellas que resistían iluminar el paisaje serrano, fue el turno de “Bicho de ciudad”. El aire puro, la brisa de después de la tormenta, y la luna mordida impregnaban el momento de magia. A mitad de la canción, como un contraste sensorial, se proyectó un sol atardeciendo sobre un horizonte costero, cuya caída pintada de naranja y gris azulceleste duró hasta el final del tema. “Ruleta” cambió el estado del estadio, hasta volverlo eléctrico, que se desenchufó luego con “Difícil”.

“El Farolito” vino a reconectar la explosión, con la improvisación de Chuky en el teclado y la infaltable cita con Sumo, colando unas estrofas de “La rubia tarada”. Al mismo tiempo, la imagen que cazaba a los músicos por las cámaras, se descomponía mediante distintos efectos y colores en las pantallas. “Chau, buenas noches”, amenazó el cantante, que junto al resto de la banda se fueron del escenario. Mientras tanto, Vanina se olvidó de su dolor de garganta, y su decaimiento causado por los avatares de los últimos dos días, y solo para los bises paró de saltar y cantar en el medio del campo. Vino desde Villa Madero a los tres días del Cosquín y a la tarde había pensado que su cuerpo no iba a aguantar hasta la noche. Sorpresa: sí aguantó. Y se recargó de energía hasta el final del concierto.

Minutos más tarde, después de que Ciro se calzara la guitarra para rasguñar un pedacito de “No expectations”, de los Rolling Stone, y que “Pacífico” dijera presente, llegó Vitico para tomar el bajo y acompañar así el cover de “El viejo”. “Vamos Kupi”, dijo Ciro y Kupi fue a buscar el espíritu de Pappo entre los recovecos de sus cuerdas. Seguido a eso, el cantante anunció la llegada de Maffia y Mono, de Kapanga. “Vamos con un viejo tema, a ver si se acuerdan”, dijo la voz de la banda. Y la sorpresa de la noche empezó a latir: “Verano del ‘92”.

Un nuevo integrante renovó el plantel de bailarines murgueros del puente de “El balneario de los doctores crotos”. A Toto, Martín, Zequi y el Negro, se agregó Micki, que dejó el bajo para demostrar sus habilidades danzarinas con su mover hiperkinético y un montón de pasos desaforados. Casi escondido, se lo podía ver a Pity aun sorprendido por los movimientos de su compañero de banda. Luego se agregó el baile de Ciro, que se cargó al baile con una máscara de calavera en el reverso de su cabeza, mientras que a espaldas del público, ejecutaba sus habituales pasos improvisados. Siguió “Genius”, y un video de postales ruteras decoraba la música.

El llamador de banderas, en esta oportunidad, fue “Finale”. Así, se acercaron al escenario, corriendo como el agua que había corrido los dos días anteriores. Ellas y sus dueños habían decorado los campings que bordean hasta varios kilómetros el predio donde se hace el Festival –algunos los días y otros las horas- previamente al turno de Los Piojos.

Las de Ushuaia, Salta, Chaco, Mendoza, Santa Cruz, mezcladas con las de Almagro, Berazategui, Paso del Rey, Palomar y Tapiales. Las de Río Tercero, Rosario con las de La Pepsi y Calzada. Algunas nombradas, otras no, todas embarradas, fueron algunas de las banderas que le dieron letra a la última canción del show.

Luego de la proyección del rockumental de Rodrigo Spina sobre la vida de Luca Prodan, cerró la octava edición del Cosquín Rock. Por ese suelo viscoso, habían pasado más de 70 bandas, unas 100.000 personas y un montón de agua. Las primeras horas del sol del día siguiente, encandelaba los amigos ocasionales, conocidos durante las últimas horas. “Nos vemos el año que viene”, se prometían, cargando sus carpas desarmadas y con varios gramos de tierra seca pegada a sus pantalones. Saludos de mano ellos, abrazos ellas, “Estuvo buenísimo haberte conocido”, se aseguraban, luego de haber compartido la aventura, convidado con la compañía y hasta prestado ropa para zafar de las consecuencias de una tormenta impiadosa.

Y las terminales llenas de pibes, pibas, adultos y familias que no despedían a nadie debajo de los micros, porque todos los suyos estaban arriba. Como Miguel, María y Adrián, que no superan los 21 años y se vinieron desde Mendoza sólo al último día del Festival. Un poco apurados, con temor a que se le vaya el micro, dicen que van a todas partes, siguiendo a la banda. O Miguel, que tiene 15 años y vino con un amigo desde Comodoro Rivadavia y, tímido, dice que va a verlos cada vez que tocan cerca de su ciudad.

La espera de los que vuelven, sentados en sus propios bolsos, llevando alguna que otra caja de alfajores, y los micros que parten plagadas de remeras de Los Piojos, entre otras muchas bandas, hace de la fotografía del final de juego, un desenlace anecdótico como todo el resto del festival. De esos que se busca retener en la retina sólo para volver a hacerlo una próxima vez.

Redacción: Nadia Mansilla
Foto: Sebastián Klein

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