viernes, 12 de diciembre de 2008

Tengo una locura que no puedo parar


Que la ciudad era un caos, no es ninguna novedad. Una multitudinaria movilización contra el hambre convirtió las calles en selva y la jungla tenía como sonido incesantes bocinas. Pero ahí abajo, donde Corrientes se transforma en un tobogán, los mocosos se preparaban para el tercero de los cuatro rituales con los que Los Piojos despedirían en el Luna Park un exitoso 2008.

Para esta serie de crónicas, hemos puesto el eje en distintas temáticas. La del viernes se basó en historias de banderas. Hablamos de esos trapos que aguardan –algunos doblados y otros flameando durante todo el show- ser leídos hacia el final de los recitales, como parte infaltable de un ritual.

“Llegamos a dedo”, dice Federico. Con Lucas y Petaca, vinieron desde Chivilcoy. Su trapo, de color blanco, pintado y bordado en negro, tiene el piojo de “Máquina de Sangre” y lleva la ciudad desde donde llegaron. “La hizo mi vieja, Suly, que es costurera”, cuenta Lucas. Petaca, el más gracioso del trío, agrega que se juntaban en los tiempos libres en la casa de Lucas a tomar mate, entre otras cosas. “La Suly miraba y no entendía nada, pero no nos decía nada tampoco”. Federico añade que durante la producción del trapo, sacaron fotos hasta tenerla terminada. Se nota que la pasaron bien hasta que vieron la bandera hecha realidad. Petaca no deja de expresar su alegría: llevaba puesto un pantalón que le hacía dar calor, y se compró una tijera sólo para cortarlo “sin saber que tenía las patas tan blancas”. Pero por lo menos no sufre el diciembre porteño.

Gustavo es de Lomas de Zamora y Esteban, de Berazategui. Orgullosos, los dos muestran sus tatuajes. Gustavo tiene tres y Esteban, dos. “Y estamos juntado plata para más”, asegura Esteban. Vinieron con Manuel, Javier y Cristian. A su primera bandera, se las sacó la policía en Córdoba. Así que la volvieron a hacer, tal como era la primera: con los piojos de “Civilización”, “Máquina de Sangre”, “Verde Paisaje del Infierno” y “Azul”; y la leyenda “los mocosos de siempre”. Gustavo y Esteban estaban cerca de la valla, próximos al escenario. Cristian -que estaba más adentro del campo, con el resto de los pibes- fue el encargado de dibujarla. Luego, se ponían de acuerdo para ir a pintar otra vez su trapo. Tomaban mate, charlaban. Un dejo de nostalgia los invade: a la bandera anterior la tenían desde 1999. “La habíamos llevado a Ushuaia en el 2001”, dicen casi a coro.

Agustina y Camila colgaron el trapo a uno de los espacios disponibles dentro del Luna. Con ellas estaban otros seis chicos más, venidos desde Mar del Plata. Su trapo es de color amarillo, y lleva sus nombres y los de Facundo y Rodrigo en color azul, además de la frase “Me llevarás hasta donde estés”. Y el piojo de “Azul”. Agustina afirma que la frase surgió con “la adrenalina que nos quedó cuando tocaron en agosto del año pasado. Ahí nos conocimos todos. Nos empezamos a juntar siempre y para el ritual de Olavarría dijimos que teníamos que hacer uno. Estuvimos pintando hasta el último día”. Camila agrega que empezaron con Facundo y se juntaban para retocarla. Se aproximaba el día del show y la bandera no les quedaba como querían que quede. “El piojo de azul era el que nos gustaba a todos. Y los colores, es porque somos tres de Boca y uno de Central”, concluye Agustina, en referencia a cómo acordaron el diseño.

Entonces, dieron las diez. Pero las luces no se apagaron puntualmente, como en los dos shows anteriores. Los cantitos de previa ya se agotaban. Pasaron unos minutos y desde la oscuridad -y luego de un video que anuncia la llegada de otra sesión de la “Gira Civilización”- una luz alumbró al Changuito Farías Gómez. En vez de estar situado detrás de sus tambores, estaba rasgando una guitarra acústica. Venía “Unbekannt”. Inesperado primer tema de la lista.

En la pantalla de leds –irregular, de forma similar a la de un Tetris- se proyectó un dibujo de una maquinaria gigante. Era lo que se veía mientras Ciro cantaba “Chac tu chac”. Siguió “Taxi boy”, con un solo de Juanchi Bisio en la guitarra.

“¡Buenas noches Luna Park! Buenísimo estar acá. Bienvenidos”, dijo Ciro, antes de que sonara ese oscuro “Angelito”, al que le continuó “Labios de Seda”.

Para “los viejos piojosos” y dedicado por Ciro a Katja, vino “Canción de Cuna”, con un ejército de niños coristas, hijos de la gran familia piojosa, arriba del escenario. Las banderas de Merlo Norte, Mercedes, Gutiérrez y Villa Rosa no paraban de sacudirse. Mantenerlas bailando las dos horas de show es verdadera devoción.

Ese toque árabe, una especie sonora, con el que el teclado de Chucky anuncia la llegada de “Luz de Marfil”, fue lo que llegó después. Tuvo un cierre poderoso, ayudado por un juego de luces que contó con un rol fundamental en el despliegue del show. Luego Ciro le dio lugar a Micky que, con sus “Fijate” y “Un buen día”, bien sabe crear climas dispares.Cuando, durante una canción, llega esa parte en la que hay que saltar, están los que saltan cuando no salta nadie alrededor y los que lo hacen casi como por inercia, movilizados por el salto colectivo. Así se vio cuando Ciro volvió al micrófono para cantar “Fantasma”. “Shup shup”, fue lo que siguió, mientras las pantallas de los costados del escenario mostraban a Tavo en primer plano, desafiando la resistencia de las cuerdas de su guitarra.

Seguido, Ciro actuaba las palabras que contienen las estrofas de “Vine hasta aquí”. Y las chicas que estaban subidas a esos hombros de gentiles caballeros de Toppers, se adueñaban de esos gestos.

Para “Merecido”, se vio una mano marcando el ritmo de inicio en la pantalla. Luego, imágenes violentas y después Juanchi, Tavo y Roger cantando el tema. Y otra vez ese enmascarado, bailarín de manos cerradas, que según dijo Micky al terminar el tema, se trata de un “lindo muchacho”.

Después de un comentario acerca del slogan radial sobre el ahorro de agua –cuyo parecido con aquel “Agua”, de “Azul” es bastante sospechoso- la lista de temas siguió su curso con “Difícil”. Por tercera vez, Emine meneó sus caderas con cadencia oriental y una pollera larga, ubicada en la plataforma sobre el escaneario. En el puente del tema, la bailarina y los músicos se quedaron congelados. El público aunó sus gritos en un “vamos Los Piojos” y luego volvió a rodar la canción. Emine fue ovacionada, hasta por la celosa platea femenina de Los Piojos. Siguió “Basta de penas”.

“Vamos a hacer el último tema de la noche”, amenazó Ciro. El cantante predijo un hipotético encuentro con algún piojoso, dentro de unos años, en algún bar, algún tugurio de la calle Suipacha. Y mientras sonaba muy tanguero el teclado de Chucky, adelantó que iba a cantar una canción que decía “más o menos así… aunque no sé por qué dice más o menos así, si siempre dice igual”. Entonces, sonó “El farolito”. Una interminable versión de aquel tema de “Tercer arco”. Contó con un solo de la guitarra de Juanchi; otro del teclado de Chucky y otro de la batería de Roger. Ciro jugó a tirarle letra percusiva al Chango, quien le siguió el juego con otra improvisación de sus tambores. Y después, como entrelazada en la canción, llegó “Superstition”, cover en castellano del clásico de Stevie Wonder, que está incluido en el segundo disco solista de Chucky de Ipola, con Ciro como invitado. “Bueno, vamos a seguir con lo que estábamos”, y luego, bien arriba, terminó el tema. El final de esa canción le dio lugar a los bises.

El retorno al escenario, ya en el final del show, fue de la mano de “El viejo”, de Pappo, que tuvo solos –acompañados- de Juanchi y Tavo. Luego, “Around & around/Zapatos de gamuza azul”. Un video con imágenes de diferentes muñecos animados, y frutas y maderas fue lo que se veía en las pantallas mientras sonaba “Muévelo”. A la negra a la que le canta la canción, una rubia arriba del escenario le rindió homenaje a fuerza de baile. Como ya habían pasado las 12, Ciro aprovechó para cantarle el “Feliz cumple” a Juanchi Bisio.

A “Buenos días Palomar”, le siguió el último tema, suma de “Arco II” y “Finale”, mezclado con una zapada, donde Ciro usó un silbato de afilador. El tema los hizo irse en fila del escenario. Pero rápidamente volvieron, también en fila, mientras Ciro cantaba “las banderas/las banderas”. Todavía debían leer los trapos, que ya se extendían por el campo y la platea del Luna. Las de Talar, Chaco, Merlo Norte, Balvanera, Guernica fueron algunas de las muchas leídas cantando.

“Gracias a todos por venir. Alucinantes estos tres. A los que puedan, nos vemos el jueves. Y sino la próxima”, se despedía Ciro. Los trapos de Merlo Norte y Villa Rosa siguieron flameando hasta último momento, cuando el Luna ya se desagotaba de piojosos. Y ahí empezaba otro capítulo del ritual: el del cierre de la noche.

A mirar los videos y las fotos registrados en los celulares. También a comentar la lista de temas, cuál faltó y cuál sorprendió. O a seguir el colectivo, si es que no frena porque la parada está llena de gente.

Ahí, en la parada del 140, estaba Maia. Sola, con una bandera naranja como abrigo, que reza :”Es tu amor corriendo entre mis venas”, frase del inédito “Sed viña”. Maia vino con Yani, una amiga que también figura en la bandera -donde además dice “Las piojas de marfil”- y que perdió en el campo del Luna. Cuenta que tenían una igual, pero que la perdieron en un recital de Guasones. Entonces Maia volvió a hacer una para llevar a Rosario. Ahí vivió su primer ritual fuera de Capital, sin contar el de La Plata del año pasado. “La hice en mi casa. Cuando podía faltar a la escuela y no tenía sueño, me quedaba hasta las 5 de la mañana pintando”, describe. Sus últimos días de colegio la llenaron de pintura. Maia terminó 5º año. De hecho, vino corriendo al ritual, escapándose, casi, de su entrega de diplomas. “No me importó nada”, jura. Es que son los rituales de fin de año. Y todo lo demás no es nada.
Foto: Sebastián Klein

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