domingo, 31 de mayo de 2009

Quizá no sea, no sea nada


Sí. Hacía frío en la ciudad de Buenos Aires. No se le puede pedir otra cosa a este mayo porteño, que había sostenido temperaturas primaverales hasta días antes de este show. Encima, lluvia. El cuadro no podía ser mejor pintado. Incertidumbre y nostalgia; clima de adiós, pero también de hasta pronto. Un pronto impreciso. Como fuere, clima de despedida. Y ese viento podrido que no paraba de llover.

Juan Cruz estaba con Martín. Llegados de Olivos y Vicente López, son amigos del Polimodal. Con sus 14 y 15 años, para Juan Cruz, esta era la tercera vez que veía a Los Piojos en vivo. Para Martín, la segunda (¿y la última?). “Estamos tristes porque se van, pero contentos porque pudimos venir. Y esperando por el próximo recital”, dice Juan Cruz. “Esperando que vuelvan”, agrega Martín. Les pregunto si siguen otra banda. Martín contesta “Sí, los Redondos”. Y Juan Cruz añade “Sumo”. Yo respondo que no tocan más. Y ellos dicen que en realidad no, que a Los Piojos es a la única banda que fueron a ver más de una vez. Con respecto a la despedida, Juan Cruz supone que “El parate va a durar dos o tres años, para que cada uno tenga su descanso, pueda hacer sus cosas solistas”; y Martín coincide, aunque espera que no sea por mucho más tiempo que ese.

Abrazados, con una bandera como piloto, Ezequiel de Almagro y Linda de Tigre, soportan la lluvia y bancan el frío. Supongo que son novios, pero igual les pregunto para confirmar. “¿Y cómo hacen?”, un tren, un subte y un colectivo son una verdadera prueba de amor. “Y…viajamos”, responde Ezequiel. Ezequiel lleva un colgante de La Renga en el cuello. “Fue bastante difícil elegir a qué recital ir, pero cuando me dijeron que era el último, ya se me acabó la duda. Porque es bastante triste dejar de ver una banda que los últimos 7 años estuve siguiendo a todos lados, viajando a provincias y juntando la guita mes a mes para poder ir a todos los lugares. Y saber que se separan, es un dolor. Pero igual vine”. Sobre el tiempo que transcurrirá hasta el regreso, Ezequiel cree que será “en dos años o tres. Porque las cosas están un poco tensas, me parece. Pero esperemos que vuelvan y que vuelvan todos. Y de paso, que vuelva Dani. Y no se hagan extrañar tanto”.

Mientras tanto, Linda, que es quien pintó la bandera con su hermana, agrega: “en realidad no me gustan tanto, pero vine porque es el último recital y a casi todos los recitales iba con mi hermana. Yo los sigo desde el 2000, porque me los hizo escuchar ella, que tiene 26 y los sigue desde hace un montonazo. Después ya no, porque ella tuvo al hijo y se complicó todo. Hoy no pudo venir porque no tenía con quién dejarlo. Ahora debe estar llorando. O escuchándolo por la radio”. Y ahora, tal vez leyendo esta crónica.

Un poco más tarde, cuando el cielo todavía estaba gris claro, mezclados en esa masa dulce y caliente que es el adelante de todo durante la previa, estaban un montón de piojosos agitando para sacudirse del frío. Algunos de ellos eran Antonella, Ely, Yamila, Lucía, Mailén, Laura, Cecilia, Ayelén, Manuel, Verónica, Nicolás. Se conocieron haciendo la fila para entrar, venidos de San Cristóbal, Parque Patricios y Escalada. Llegaron a eso de las cinco y media de la tarde y esperaron hasta las seis a que se abrieran las puertas de acceso. Coinciden en que siempre llegan temprano para estar lo más adelante posible. A ellos también les pregunté cuánto tiempo creían que podría durar este “parate indefinido”. Para Antonella “no mucho tiempo. Y ojalá que no tanto. Para Nicolás es “algo que se merecen, pero espero que sea por menos de un año”. Ely también espera que “dure menos de un año” porque si no, no sabe qué va a hacer. Para Yamila, “ocho meses o tal vez menos”. Mailén piensa que “va a durar menos de un año”. Y “Ciro te amo”, desliza. Y Ayelén, que coincide en que va a ser por menos de un año, también dice amar a Ciro. Y también a Tavo. De la selección sub20 que agita canciones de previa, se destaca la voz de Manuel, que piensa que “nunca va a parar, siempre va a seguir. Siempre los vamos a escuchar y la rueda va a seguir”.

Nicolás vino con su hermano Maxi, de 13 años, que asiste a su primer recital. Y dice que en la semana previa al show lo único que pensó “fue que en este recital tenía que hacer sí o sí la bandera”. Y contó: “Así que nos pasamos toda la semana pintando las dos banderas que quedaron re buenas. Igual, las terminamos hace un par de horas”. Así y todo, todos esperan que no se separen. Y lo dicen en tono de pedido. Que no se separen. Y que si vuelven, lo hagan de la mano de un nuevo disco. “Y que vuelvan a lo de antes, a las canciones de antes”. Y yo pienso qué número de vez es la que escucho el “antes” en ese tono de no perdonar el desarrollo creativo de una banda. Los chicos también cuentan cómo empezaron a escuchar a la banda. Ayelén dice “escuché “Vine hasta aquí” en la radio y empecé a buscar los discos anteriores. Estaba en cuarto grado”. Nicolás también estaba en cuatro grado cuando no recuerda cómo llegó un disco “Ay Ay Ay” a sus manos. Los despido sorteando el público del campo, deslizándome entre pilotines de plástico y bolsas de consorcio que hacían de tapados, y saludo el calor de la muchedumbre para enfrentar fríos de los claros que se superpoblaron de piojosos un par de horas después.

Recién llegado al Monumental estaba Luciano, de Villa Celina. Luciano es uno de los cabecillas del Foro No Oficial de Los Piojos. Fue mencionado algunas veces en estas crónicas y hasta alguna oportunidad escribió una cronología de un ritual. Así que ya está ducho y de una dice: “Además de ser el último, hoy cumplo el ritual número 50. No sé qué va a ser cuando termine. Igual, como que no caigo que es el último. Porque para mí se termina acá. Y si vuelven, no va a ser lo mismo. Pero estoy como si fuese un recital más”.

“Veníamos en el 28. Yo vengo de la cancha de Chacarita y lo salvé a él porque le quisieron pegar en el colectivo. Y yo les dije “eh, yo soy de Chaca y también voy a ver a Los Piojos, déjenlo al muchacho”. Es la voz de Catriel, de Villa Tesei, que narra cómo se conoció con Cristian, de Lomas de Zamora. Por su parte, Cristian, que es de River y dice estar en su hogar, añade: “Somos de distintos equipos, pero acá somos hermanos”. Una muestra de que debajo de ese cielo gris, en ese frío cercano al río, hay 65 mil historias. Estaría buenísimo escribirlas todas aquí, pero sólo se pueden contar algunas, elegidas al azar.

Como así también había 65 mil emociones mezcladas. Y todavía faltaba un montón de tiempo hasta que arrancara el show. Mientras tanto, cuando los cantos de previa habían entrado en un loop interminable, en la valla estaban Marcos y Marina, que llegaron desde Ezeiza -el barrio- a las cuatro de la tarde. Al lado, de Flores, Damián y Gisela, que son papás de dos piojitas que se quedaron en casa. ¿Emociones? “Todas juntas. Pero es un bajón porque… yo soy de Hurlingham y los vi crecer”, dice Damián. O Gabriel, que vino de Pompeya antes de las cuatro para hacer la fila y llegar al verdadero adelante de todo. “Tengo una mezcla de emociones. Venir acá, sabiendo que es el último en mucho tiempo, que van a pasar un par de años largos hasta que vuelvan…no sé. Siento muchas cosas”. Un momento después, un centenar de globos de colores invadió la superficie de las cabezas del campo, como una lluvia de aire encerrado, con el piojo de Civilización y la inscripción “Voy a llevarte en mí. La Plata, Tapiales, Florida”.

No fue sino hasta las diez de la noche que se apagaron las luces y el sonido de un helicóptero irrumpió sobre la voz colectiva de las 65.000 personas que estaban en cuerpo y alma en Núñez. Por las pantallas de la escenografía se divisó un piojo, que era varios piojos y aterrizaba sobre el fondo negro del escenario. Y tal vez fue la primera vez que antes que salieran, se escuchaba el cantito “Los Piojos no se van/ Los Piojos no se van”.

Además de las pantallas de leds como escenografía, el escenario tenía una pasarela desde donde salió abrigadísimo, a enfrentar la llovizna, Andrés Ciro Martínez, la voz que todos siguieron con la euforia de una última vez. “Te diría”, y “Babilonia” de Ay Ay Ay; y “Labios de seda”, de Verde Paisaje del Infierno fueron los temas para empezar un ritual memorable como mínimo. “Buenas noches River Plate. Esta es una noche especial. ¿Están contentos de haber venido?”, fue lo que dijo Ciro como saludo de bienvenida.

Las banderas de Merlo, Burzaco y Gerli eran algunas de las que danzaban bajo la lluvia, mientras el bajista Micky acompañaba en la voz a Ciro en “Manise”. La “Esquina Libertad” también se dobló en acordes, al mismo tiempo que el canto “Los Piojos no se van” se repetía sin cesar. Con el comienzo cantado por el público, le siguió “Tan solo” y quizá no sea, no sea nada. “Gracias por estos 20 años”, dijo Ciro. La velocidad de los dedos de Chucky añadió una improvisación del teclado y otro gambeteo de las cuerdas de Tavo para acompañar uno de los himnos piojosos. “Sabemos que hay gente que vino viajando de todo el país. Gracias a todos por estar acá”, agregó el cantante, en lo que serían los primeros agradecimientos de una noche llena de demostraciones de afecto.

Unas imágenes caleidoscópicas acompañaron desde las pantallas a “Luz de Marfil”, hasta que Micky tomó el micrófono para cantar “Fijate”. “No me presentaron, pero voy a cantar un tema”, dijo Tavo antes de entonar su “Sudestada”, que le dedicó a Pity. Y “olé olé, olé olé olá, solo te pido que no dejen de tocar”, cantaba el público, hasta que –maquillado como un viejo brujo, vistiendo una capa negra, reapareció Ciro en “Fantasma”. Mientras se sacaba el maquillaje, arriba del escenario, con un espejo de asistente, improvisaron “Around & around + Zapatos de gamuza azul”, que no estaba en la lista original. Para entonces, y al compás de esos acordes tan zapateables, el clima de efervescencia para la séptima vez que tocaban en el Monumental había alcanzado niveles insuperables. Y una intensidad que no se palpó en el show anterior, que fue en el mismo lugar, a principios de abril.

Eminé, que ya había dicho presente en los rituales de diciembre en el Luna, volvió a agitar sus caderas. Esta vez, su danza árabe fue al ritmo de “Difícil”, arriba de una de las pantallas, por encima de la posición en la que estaba la batería de Roger Cardero. Como siempre, un trocito de “Debede”, de Sumo, se coló en “Manjar”. Y luego de una intro en tono de blues, siguió “Pistolas”. Allí se colaron algunos de los integrantes más pequeños de la denominada familia piojosa, que luego volverían al escenario para cuando fuera el turno de “Canción de cuna” y unos dibujos tiernos, de trazos de crayón invadieran las pantallas.

Y entonces, el mayor agradecimiento a todas las voces de la mano de una sola voz: “Quiero agradecer los mensajes y mails de amor y deseos que recibimos”, dijo Ciro. Entonces, invitó a Alejandro De Loza. “Este muchacho mandó un mail que es concreto y representa todos los mails que recibimos. Y me gustaría que lo comparta con todos ustedes”. Ahí Alejandro leyó una emotiva carta donde comprendía el “parate indefinido”, pero también pedía que vuelvan para que él viviera el que sería su ritual número 101. Y si así no se daba, pues bien sería como alguna vez dijo el Indio Solari, citó, “las despedidas son esos dolores dulces”, leía, mientras las manos con las que sostenía esa carta temblaban de frío, nervios o las dos cosas. Se despidió ovacionado por todos los que coincidían con sus palabras. Allí, Andrés Ciro tomó una remera que llevaba el rostro de Beto, aquel colaborador que en palabras del cantante los “ilumina desde el cielo”, justo antes de cantar el clásico de 1996 -que como un buen vino, sabe cada vez mejor con el paso del tiempo- “El Farolito”. Una impro de teclado, percusión del Changuito Farías Gómez y otra de la batería, mientras Tavo –que vestía su clásica remera con la cara de Luca Prodan- cerraba los ojos para hacer sangrar su guitarra.

En la valla, el personal de asistencia retiraba a quienes ya no daban más. Algunos pedían que los liberaran, que los sacaran de allí y al borde del desmayo, seguían cantando. Durante el receso, les acercaron agua para beber. Y fueron ellos los primeros que divisaron en la oscuridad del escenario a los integrantes de La Chilinga y Dani Buira, su director, que fueron los invitados para tocar en “Verano del ’92”. Una veintena de tambores, y Tavo en el bajo para cantarle a Juan Pedro. La presencia del ex baterista de la banda, pasó de los cueros a los parches, para tocar la batería – y de tanto en tanto, mechar alguna improvisación- en “Desde lejos no se ve” y “Cruel”. En este último, las imágenes proyectadas en las pantallas eran anuncios de revistas del estilo Mecánica Popular de los años ’50. Mientras tanto, Juanchi Bisio se mostraba mucho más suelto que aquel extenso guitarrista que tan tímido estaba en su presentación en sociedad, en el Willie Dixon de Rosario, en septiembre pasado.

Luego de otro falso “Chau, buenas noches”, aunque con sabor a final, fue el turno de “Cruel”. Allí estuvieron Víctor Skorupsky en el saxo, Bebe Ferreira en el trombón y Juan Cruz de Urquiza en la trompeta o el trío de vientos que los acompaña para salar los temas de manera excelente. La felicidad del mendigo a orillas del Riachuelo, pero en un 30 de mayo y “Genius”. “Todo lo que se siente en este momento, por parte de la banda y mía, se los vamos a decir en esta canción. Muchas gracias a todos por todo”, anunció Ciro a continuación, para dar paso a “Pacífico”, que mostró cientos de fotos de distintos tatuajes piojosos en las pantallas. Y se confirmaba así el capítulo que se inició con los shows de la Gira Civilización: un renovado formato de ritual, donde las pantallas cobraron un rol protagónico en la puesta en escena.

Lo que siguió fue “El Balneario de los Doctores Crotos”. Ahí Ciro paseó por la fosa, desde donde citó, como es usual, a los bailarines de murga a subir al escenario durante el puente del tema. Toto, Rodrigo, Zequi y Martín sacudieron sus piernas y se pararon de manos hasta que Ciro volvió del espacio entre el vallado y el escenario, enmascarada su nuca con el rostro de Carlitos Balá. Y “Buenos Días Palomar”, fue lo que siguió.
Pero antes de cantar “Finale” -y recitar la más nutrida pasada de lista de banderas- el cantante expresó su versión de gracias totales al decir “no hay palabras para todos estos años y para todo este amor. Aparte de la familia y algunos amigos, ustedes han representado todo en nuestras vidas. Muchísimas gracias por estos 20 años de un sueño hecho realidad”. Banderas de aquí, de allá, que al izarse levantaron un penetrante perfume a pintura para tela, fueron mencionadas. Grand Bourg, Santa Fe, Merlo, Florencio Varela, Bialet Massé, Chaco, Mar del Plata, Mendoza, Cañuelas estuvieron citadas al ritmo del tema que cierra Azul. Luego, Ciro agradeció “a todas las bandas que nos acompañaron. A Los Redondos, que nos votaron hace mucho” y luego, entre varias voces, se enumeró a Las Pelotas, Sumo, Divididos, Catupecu (Machu), La Renga, La Mississippi, entre otras compañeras de ruta durante un viaje de 20 años de extensión.

Y otro falso final más, esta vez, con un tema dedicado a Mario Pergolini, que desde temprano en la tarde condujo la transmisión radial del show, desde uno de los dos mangrullos clavados en el campo de River. Fue el turno de “Ruleta”. A pesar de que se habían despedido, le siguió “El viejo”, dedicado a Peter, ese rubio cuyo rostro aparece en una de las fotos del arte de Civilización. Peter, explicaba Ciro, es un amigo alemán que colaboró para que la banda de Palomar tocara en Hamburgo por primera vez (show que también fue publicado en estas crónicas). Y luego, “chau, buenas noches”, de nuevo.

Mientras algunos de los presentes se mojaba las mejillas no con lluvia, si no con lágrimas, yo me preguntaba qué pasaría por las cabezas de cada uno de los integrantes de la banda durante ese despedirse. Entonces, volvieron y Ciro afirmó que iban a seguir “hasta que salgan las estrellas” en ese cielo que asustaba de tan violentamente violeta que era. Y después de reunirse a debatir, el cantante anunció “Bueno, vamos con “Los Mocosos”, como tercer tema fuera de lo pautado, prolongando así el show a más de dos horas y media de duración. Hasta entonces. Habría que ver si no fue un ritual récord en extensión. Y fuerza.

Para “Muévelo”, subieron cuatro chicas y dos chicos a moverse arriba del escenario, siguiendo a Ciro. La primera de ellos, calzaba una remera con la leyenda “Piojita de Marfil”. Una santafesina que estaba a los hombros de algún caballero piojoso, y que desde hacía varios temas no paraba de llorar. Hacia el final de la canción, Ciro tarareó "Within you without you", de Los Beatles (dentro de algún tiempo, ¿volverán Los Piojos a tocar en la terraza de su sello discográfico?) y agradeció a los bailarines y bailarinas, como así también a Maru y a Pocho, dos de los que sostienen la gran maquinaria piojosa, que de ninguna manera se limita a los integrantes de la banda.

Ciro, Tavo, Micky, Juanchi, Roger, el Changuito y Chucky repartieron púas, palillos y listas de temas, saludaron al público que bordeaba las vallas y se despidieron abrazándose al final de la pasarela, mientras que muchos piojosos agitaban sus palmas, como pidiendo que suene “Ay ay ay”.

Varios minutos más tarde, gran parte del público se quedaba en sus lugares. Una expresión de deseo para que el final no llegara. Y mientras tanto, comentaban los temas que no sonaron –“Ay ay ay”; “Morella”; “Maradó”; “Unbekannt”, los grandes ausentes de la noche, según se escuchaba en los lamentos- o las zapatillas que se perdieron, o las lágrimas que corrieron. Afuera, las calles del estadio derramaban gente emocionada, sedienta, cansada y hambrienta, después de tres horas de show. Algunos, en búsqueda de un pan relleno, una gaseosa o una remera del mercado no oficial. Productos puestos en venta, improvisados sobre el asfalto, como kioscos fugaces.

Dos horas más tarde -dos colectivos atiborrados de por medio- pude ver en la televisión que el Bebe Contempomi, desde la repetición inmediata a la transmisión directa, redundaba en decir que este era un ritual histórico, una y otra vez. Como si hubiese habido alguno que no lo fuera. Al mismo tiempo que en Internet, algunas entradas seguían en venta en páginas de remates, a precios increíbles. Y desde La Boca, yo me preguntaba cómo habrían llegado los piojosos que iban colgados de los micros clandestinos, como racimos, al interior del conurbano bonaerense.

Ahora escribo esto, en el frío de mayo, con incertidumbre y pena. Con desazón de domingo multiplicada por ochenta y siete. No sé si será la última vez que viva, sienta y describa un ritual o si lo volveré a hacer dentro de algún tiempo. Ilusa o no, pero piojosa antes que nada, sólo me quedo con el hasta luego. Me quedo con el “quizá no sea, no sea nada”. Y hasta luego.


Publicado en www.lospiojos.com.ar
Foto: Sebastián Klein

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