jueves, 28 de octubre de 2010

"Te voy a escribir poesías, Cristina"

Es una señora de más de sesenta. Seguro que su única muñeca se la regaló Evita. Seguro que esas lágrimas no son sólo por Néstor. Seguro que esa angustia arrastra una larga historia de dolor. Dolor en la historia nuestra. Le grita, llorando, a Cristina "te voy a escribir poesía, chiquitita de mi corazón, para que tengas fuerzas. Te voy a escribir poesía". Vino desde el lejano oeste, desde ese conurbano que tanto sabe de desigualdad, de punteros, de injusticia social. Viajó con los laburantes que todas las mañanas cuelgan como racimos del Sarmiento. Viajó para decirle adiós a Néstor Kirchner. El adiós en la Plaza de plazas. La de los negros con las patas en la fuente.

Vino porque no pudo despedirse de Evita, porque en ese entonces era una nena. Porque no pudo despedirse de Perón, porque en ese entonces tenía un hijo chiquito. Vino porque los militares la dejaron sin trabajo en 1976. Vino porque creyó que aquellas iban a ser unas felices pascuas. Vino a la Paza porque lo votó a Menem, y Menem la defraudó. Vino porque la corrió la policía en el 2001, aunque no tenía ahorros en dólares en el banco. Vino porque en el 2003 lo votó, porque era el mal menor. Vino porque cuando la 125, Cobos dio un voto no positivo al gobierno del que formaba parte y ella votó. Vino porque había que estar ahí, gritándole que le iba a escribir poesías a la señora Presidenta, que despedía a su marido. Vino a despedir a un ex presidente. Vino porque había que venir. Vino sola, como muchos vinieron desde todo el país. Sí, sí. Desde todo el país.

Hizo la cola durante siete horas, bajo el sol del jueves. ¿Puede usted imaginar siete horas de cola bajo el sol del octubre porteño? Todo, para entrar a la Casa Rosada. Una cabecita negra, entrando en la Casa Rosada. Se paró frente al ataúd, le tiró un beso a la Presidenta. Apenas salió de la Casa Rosada, entre lágrimas y congoja, llamó a su hijo para contarle que la Presidenta le sonrió. Y volvió a su casa, a ver por la tele la misma peregrinación hecha por otros.

Sus piernas le pedían piedad, pero su corazón y su cabeza no podían descansar. Se desveló. A las siete de la mañana, ya estaba saliendo otra vez hacia la Plaza. Para hacer la cola de vuelta; charlar con la gente en la fila. Para escuchar cómo otra vieja como ella dice "yo no soy peronista, pero hoy tenía que estar". Para ver cómo llora una joven mamá con su nena en brazos. Para compartir un pañuelo con un desconocido. Para gritar todos los cantitos espontáneos. Desde los que piden que Cobos renuncie hasta los que se proclaman soldados pingüinos. Desde el Himno Nacional hasta la Marcha Peronista.

Y aunque la mayoría de los que estaban ahí, eran jóvenes, ella una vieja, jubilada, vino a ofrecer su corazón.

2 comentarios:

  1. Yo soy enemigo de las anécdotas. Que se entienda: enemigo de las anécdotas para analizar procesos históricos. Alguien podrá decir que en definitiva la historia es una suma de anécdotas. No sé. Sin embargo, en tiempo presente, no hay nada que me emocione más que este tipo de anécdotas. Anoche miraba a una señora en la cola que se quebró cuando dijo que "lo poco que como se lo debo a este hombre que me dio una pensión que jamás pensé que iba a cobrar". Pero además lo contás muy lindo.

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  2. Tambien me ha llegado este texto Nadia. Desde el Oeste siento lo mismo que esa buena señora. A mi las anécdotas me encantan para cualquier cosa Hernán. Incluso si son mentira.

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